Con un compañero de trabajo puedes tener paciencia durante una reunión entera que se alarga sin sentido. Con un desconocido que se equivoca en la fila del supermercado, puedes sonreír y decir que no importa. Pero llegas a casa, y basta que la persona que más amas diga algo en el tono equivocado, o se le olvide algo que para ti era importante, para que salga de ti una respuesta que ni siquiera reconoces como propia. Después, mientras piensas en lo que dijiste, aparece la pregunta incómoda: si de verdad la amo tanto, ¿por qué es justo a ella a quien más lastimo?

No es que ames menos a quien más lastimas. Es, casi siempre, lo contrario. Con un desconocido no hay expectativa real de ser entendido, así que no hay decepción posible. Con quien amas, hay una expectativa profunda de ser conocido, sostenido, elegido todos los días, y cuando esa expectativa no se cumple exactamente como la necesitabas, el golpe llega más fuerte y sale más rápido, sin pasar por el filtro que usas con cualquier otra persona.

Pablo describió esta misma contradicción

Pablo, escribiendo sobre su propia lucha interior, no suena como alguien que ya resolvió esto: “no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15). No lo dice como excusa. Lo dice como una descripción honesta de algo que cualquiera que ama de verdad reconoce: puedes querer una cosa con toda el alma y hacer exactamente lo contrario en el momento en que más importa. Esa tensión no desaparece con más buenas intenciones. Necesita algo más que fuerza de voluntad.

Un amor diseñado para sobrevivir el daño, no solo para evitarlo

Pablo también escribe que el amor “todo lo sufre… todo lo soporta” (1 Corintios 13:7), lo que reconoce, sin rodeos, que amar de cerca implica sufrir cosas, incluso las que el otro no debería habernos hecho sentir. Y a la iglesia de Colosas le pide algo concreto: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros… de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13). No pide un amor que nunca falle. Pide un amor que, cuando falla, sepa repararse con el mismo tipo de gracia que ya recibió.

Herir a quien amas no cancela lo que sientes por esa persona. Pero sí revela que amar de cerca necesita más que sentimiento: necesita la misma gracia que Cristo ya te dio, ahora prestada hacia la persona que tienes más cerca.