Pasaje
“Rut le dijo: No me ruegues que te deje, y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios.” — Rut 1:16
Reflexión
Rut y Noemí no eran dos mujeres en igualdad de condiciones compitiendo por algo. Eran una nuera joven y una suegra viuda, ambas habiendo perdido a sus esposos, con todas las razones del mundo para separarse y buscar cada una su propio futuro por separado. Y sin embargo, Rut elige algo distinto: quedarse, acompañar, atarse a la vida de otra mujer sin que eso le garantizara ninguna ventaja visible.
Es fácil, sin darte cuenta, empezar a ver a otras mujeres como referencia de comparación: quién se ve mejor, a quién le va mejor, quién tiene lo que tú querías tener. Pablo describe exactamente el antídoto contra eso cuando escribe que nada se debe hacer “por contienda o por vanagloria”, sino “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). No es una sugerencia de bajar tu propio valor. Es una invitación a dejar de medir tu valor contra el de alguien más.
Lo que hizo Rut no fue una estrategia. Fue lealtad genuina, sin cálculo, hacia una mujer que ya no tenía nada material que ofrecerle. Esa clase de amistad entre mujeres, la que acompaña en vez de competir, todavía sigue siendo posible.
Oración
Señor, perdóname por las veces que he visto a otra mujer como comparación en vez de como alguien a quien acompañar. Dame un corazón como el de Rut, capaz de quedarse y de amar sin calcular qué gano yo con eso. Enséñame a alegrarme de verdad con lo que otras reciben. Amén.