Pasaje
“Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y luego la fuente de su sangre se secó.” — Marcos 5:28-29
Reflexión
Llevaba doce años con una enfermedad que no solo la debilitaba, sino que además, según la ley de aquel tiempo, la hacía impura, alguien que no debía tocar a nadie en público. Había gastado todo lo que tenía en médicos sin ningún resultado. Y ese día, rodeada de una multitud tan grande que apretaba a Jesús por todos lados, ella no grita su historia completa ni pide permiso en voz alta. Solo se acerca por detrás y toca el borde de su manto.
Es una fe casi silenciosa. No hay un discurso, no hay una petición formal delante de todos, no hay siquiera contacto visual antes de tocarlo. Y sin embargo, en medio de una multitud que lo estaba tocando por todos lados sin que él lo notara especialmente, Jesús se detiene y pregunta quién lo tocó. No porque no supiera físicamente qué había pasado, sino porque quería que ella, específicamente, dejara de esconderse detrás del anonimato de la multitud.
Cuando ella se presenta temblando, esperando quizás una reprensión por haberlo tocado siendo impura, Jesús le dice algo completamente distinto: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz” (Marcos 5:34). No la trata como una interrupción en su camino hacia otra sanidad más urgente. La trata como alguien que merecía ser vista y nombrada, no solo sanada de paso.
Puede que tu fe se parezca más a esa mano estirada en silencio que a una oración segura y en voz alta. Puede que sientas que tu manera de acercarte a Dios es demasiado callada para que él la note en medio de todo lo demás que tiene que atender. Esta historia muestra algo distinto: Jesús se detiene, específicamente, por la fe que nadie más habría notado.
Oración
Señor, gracias porque no necesito gritar para que me notes. Gracias porque, como aquella mujer, puedo acercarme incluso en silencio, incluso escondida entre la multitud, y tú sabes exactamente quién te está tocando. Ayúdame a creer que mi fe callada también cuenta como fe. Amén.