Hay una pregunta que la mayoría de los hombres nunca hace en voz alta: ¿mi papá está orgulloso de mí? No importa si el padre está presente o se fue hace veinte años, si fue cariñoso o distante, si murió o simplemente nunca supo cómo decirlo. La pregunta sigue ahí, debajo de cosas que sí decimos: cuánto trabajamos, qué tan bien escondemos el miedo, por qué nos cuesta tanto recibir un cumplido sin restarle importancia.
John Eldredge lo llama la herida del padre, y una vez que la nombras empiezas a verla en lugares donde antes solo veías “personalidad”. El jefe que nunca logras complacer aunque te lo diga con otras palabras. La costumbre de medir tu valor por el último proyecto que entregaste. La irritación desproporcionada cuando alguien cuestiona tu criterio.
No se resuelve con más logros
El error más común es tratar de cerrar esa herida con evidencia. Si consigo el ascenso, si termino el posgrado, si construyo la casa, entonces por fin voy a sentirme suficiente. Funciona un tiempo. Después llega el siguiente logro y la sensación de vacío regresa casi intacta, porque la pregunta nunca fue sobre lo que puedes hacer. Era sobre si eres amado sin condición.
Ahí es donde la fe cristiana dice algo distinto a lo que dice la cultura del rendimiento. Génesis 1:27 no dice que fuiste hecho a imagen de tu papá. Dice que fuiste hecho a imagen de Dios, antes de que cualquier hombre, bueno o malo, dijera una sola palabra sobre ti. Eso no borra la herida. Pero sí cambia de quién esperas la respuesta.
“Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que recibisteis el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15)
La palabra que Pablo usa ahí, Abba, es la misma que usaría un niño pequeño con su padre. No es un título formal. Es cercanía. Y Salmos 68:5 va todavía más lejos: Dios se presenta como padre específicamente de los que no tuvieron uno, “padre de huérfanos”, en su morada santa, no a la distancia.
Lo que sí puedes hacer con la herida
No se trata de fingir que no duele, ni de convertir esto en resentimiento contra tu padre real. Se trata de dejar de pedirle a tu trabajo, a tu pareja o a tu propio orgullo que hagan un trabajo que no les corresponde: decirte quién eres. Eso ya está dicho. La pregunta que quedó sin responder en casa tiene una respuesta en otro lugar, y vale la pena ir a buscarla ahí antes de gastar otra década tratando de ganártela.