Pasaje

“Vino Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos… y no seas incrédulo, sino creyente.” — Juan 20:26-27

Reflexión

Tomás no estaba en la habitación cuando Jesús resucitado se apareció a los demás discípulos por primera vez. Cuando le contaron, no dijo “qué bueno, les creo”. Dijo que no iba a creer hasta poner el dedo en las marcas de los clavos. Eso es una duda concreta, exigente, casi terca. Y probablemente conoces esa sensación: preguntas que te hacen sentir que estás fallando en algo que se supone que deberías tener resuelto, dudas que no te atreves a decir en voz alta porque temes que suenen como falta de fe.

Ocho días después, Jesús vuelve. No aparece solo para los que ya creyeron sin problema. Vuelve específicamente al espacio donde está Tomás, y le ofrece justo lo que había pedido: “pon aquí tu dedo, y mira mis manos”. Jesús no lo avergüenza por haber dudado. No le dice que debería haber creído sin pruebas. Le da lo que necesitaba para creer de verdad, no una fe fingida.

Eso dice algo importante sobre tus propias preguntas. No te alejan de Dios. Puedes traerlas, incluso las que te dan miedo, y encontrar que él está dispuesto a encontrarte ahí, en el lugar exacto donde estás atascado, en vez de exigirte que finjas una certeza que todavía no tienes.

Oración

Jesús, tengo preguntas que a veces no me atrevo a decir en voz alta. Hoy te las traigo tal como son, sin esconderlas. Gracias porque no necesito fingir que ya lo entiendo todo para que vengas a mi encuentro. Amén.