Haz una prueba antes de seguir leyendo: piensa por un momento en las palabras que usarías para describirte. Puede que te salgan roles: hija, esposa, madre, profesional. Puede que te salgan etiquetas que otros te pusieron: la fuerte, la responsable, la que siempre ayuda, la que ya no consiguió, la que falló, la difícil. Puede que te salga simplemente cómo te sientes hoy: cansada, insuficiente, atrasada en la vida.
Ahora pregúntate algo más difícil: ¿cuántas de esas palabras las escribió Dios, y cuántas te las pusieron el mundo, tu historia o tú misma tratando de sobrevivir?
La mayoría de nosotras construimos nuestra identidad como un collage: un pedazo de lo que logramos, un pedazo de lo que nos dijeron de niñas, un pedazo de cómo nos comparamos con otras, un pedazo de nuestro peor momento que decidimos creer que nos define. Con el tiempo, ese collage empieza a sentirse como la verdad sobre quiénes somos. Y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que Dios nunca firmó ninguno de esos pedazos.
La Biblia empieza de otra manera, mucho antes de que existieran los logros, las comparaciones o las heridas que después cargarías: “Y creó Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27). Antes de cualquier rol, cualquier error, cualquier temporada difícil, ya existía una verdad de fondo sobre ti: fuiste hecha a imagen de Dios. No a imagen de lo que lograste. No a imagen de lo que alguien dijo de ti en un momento de rabia o de descuido. A imagen de Dios.
Eso no borra tu historia, la enmarca distinto. Puedes haber vivido rechazo, comparación, abandono, o cosas mucho más duras, y aun así seguir siendo, en tu esencia, esa mujer creada a imagen de Dios. La herida explica muchas de las etiquetas que cargas; no tiene la autoridad de decidir quién eres en realidad.
Hay un versículo que me gusta releer cuando se me olvida esto: “Se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sofonías 3:17). Piénsalo un momento: Dios no está describiendo ahí a alguien que tiene que ganarse su lugar. Describe a alguien que ya lo tiene, y que además es mirada con alegría, no con decepción. Esa mirada no depende de tu productividad, tu estado civil, cuántos hijos tienes o no tienes, cómo va tu carrera, o si sientes que vas atrasada en algo. Es la mirada de un Padre sobre su hija, no la de un jurado sobre un examen.
Y aun así, sé que decir “soy amada, soy hecha a imagen de Dios” a veces se siente como una frase bonita que no logra bajar del papel al corazón. Eso también es honesto, y no hay que fingir lo contrario. La identidad no cambia de un día para otro porque leamos el versículo correcto. Cambia poco a poco, cuando empezamos a notar las etiquetas que no vienen de Dios y decidimos, una y otra vez, no seguir viviendo desde ellas.
Así que si quieres, esta semana intenta esto: identifica una sola etiqueta que llevas contigo hace tiempo y que sabes, en el fondo, que no te la puso Dios; quizás fue una palabra de tu infancia, una comparación, una decepción, una voz que se repite en tu cabeza. No tienes que resolverla hoy. Solo nómbrala, y ponla al lado de lo que Dios ya dijo de ti. No para negar lo que sientes, sino para empezar a recordar cuál de las dos voces tiene la última palabra.
Si esto te movió algo por dentro, no te quedes solo con la reflexión: cuéntamelo en los comentarios, aquí abajo. A veces nombrar en voz alta la etiqueta que cargamos es el primer paso para empezar a soltarla.
Con cariño,
Yonasly