Hay una pregunta que rara vez decimos en voz alta, pero que organiza buena parte de lo que hacemos: ¿ya fue suficiente? Terminaste el proyecto y revisas el mensaje del jefe buscando la palabra correcta. Publicaste algo y cuentas cuántos lo vieron. Ayudaste a alguien y, en algún rincón, esperas que lo note. No es vanidad exactamente. Es más bien una necesidad que nunca queda del todo satisfecha, sin importar cuánta aprobación consigas.

Lo curioso es que la aprobación, cuando llega, dura poco. Alguien te felicita y el alivio se siente real, pero se apaga rápido, y la búsqueda arranca de nuevo con el próximo objetivo. Si la aprobación realmente resolviera lo que buscamos, en algún punto deberíamos sentirnos saciados. La mayoría de las personas que consiguen mucho reconocimiento, en cambio, describen exactamente lo contrario: cuanto más consiguen, más alto se corre la vara de lo que necesitan para sentirse bien.

Un vacío con la forma equivocada

El problema no es que busques aprobación. Es que le estás pidiendo a la aprobación de la gente algo que fue diseñado para llenarse de otra manera. Es como intentar calmar la sed con arena: puedes seguir intentándolo, pero el material nunca fue hecho para eso.

La Biblia describe esto de un modo directo en Gálatas 1:10, donde Pablo se pregunta si busca el favor de las personas o el de Dios, y concluye que si todavía necesitara agradar a la gente, no sería realmente siervo de Cristo. No es que Pablo dejara de importarle lo que otros pensaran. Es que dejó de necesitarlo para sostenerse a sí mismo.

Lo que Jesús no necesitó

Hay algo revelador en cómo Jesús se relacionaba con la aprobación humana. Sanó a diez leprosos y solo uno volvió a agradecerle (Lucas 17:11-19), y el relato no registra ninguna queja de su parte por los otros nueve. Enseñó cosas que hicieron que muchos de sus propios seguidores se fueran (Juan 6:66), y siguió enseñando lo mismo. No ajustaba el mensaje según la reacción de la audiencia, porque su identidad no dependía de esa reacción. El Padre ya le había dicho, antes de cualquier milagro o sermón, “este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). La aprobación vino primero. El ministerio vino después.

Ese orden es exactamente el que la mayoría de nosotros invierte. Buscamos logros con la esperanza de que produzcan la aprobación que después nos haga sentir amados. Jesús vivió desde una aprobación ya recibida, y desde ahí hizo lo que hizo.

Una aprobación que no se renueva cada semana

Esto no significa que dejar de importarte lo que la gente piensa sea fácil, ni que el cambio pase de un día para el otro. Significa que existe un lugar donde la pregunta “¿ya fue suficiente?” tiene una respuesta que no depende de la próxima felicitación. Efesios 1:6 dice que fuiste hecho acepto en el Amado, no que tienes que ganarte esa aceptación entregando resultados de forma constante.

La próxima vez que notes que estás revisando si alguien aprobó lo que hiciste, vale la pena hacer una pausa y preguntarte de quién realmente estás esperando esa palabra. Puede que la respuesta ya haya sido dicha hace mucho tiempo, y que solo haga falta empezar a creerla.